lunes, mayo 04, 2009

muriendo

No sé si todo sea en vano, si mi lucha no tiene razón, si mi esfuerzo está siendo desperdiciado.

¿Qué tan malo es soñar un imposible? Intento mantener mis esperanzas vivas, mi ilusión intacta; sé que no ayudará en nada. En el fondo sé que me estoy engañando, sé que la realidad sigue siendo la tirana de mi vida, sé que el anhelar algo no lo hace cumplirse, sé que querer no es poder.
Y aún me empeño en ser un masoquista, en pensar que sí puedo y decepcionarme ante cada golpe que recibo. Porque aún cuando mis esperanzas fueron astutamente asesinadas, mi deseo sigue vivo, más fuerte cada día. 
¡Oh, qué mala jugada: matar la ilusión y alimentar el querer!  

jueves, abril 09, 2009

demonios.

─Hola ─dijo con su voz de monstruo.

El niño rió y se llevó las manos a la boca,

─¿Quieres jugar? ─preguntó la voz.

El niño asintió con una sonrisa bajo las palmas y se enterró más bajo las sábanas.

─Juguemos, pues.

─No puedo ─sumió la cabeza en la almohada.

─¿Por qué no?

─Me tengo que dormir.

La voz de monstruo soltó un suspiro ronco, decepcionado. El niño lo miró fijamente, esperando que dijera algo más. Le gustaba hablar con él cuando hacia su voz de monstruo, lo hacía reír. Sabía que él lo estaba viendo, aunque no podía ver su cara en la oscuridad de la habitación.

─¿Por qué te tienes que dormir? ─preguntó al fin.

─Porque mi mamá dice.

─Oh, ¿y siempre le haces caso a tu mamá?

El niño asintió.

─¿Por qué?

─Porque si no, ya no me va a querer.

─Ah...

El niño miró la silueta a su lado un momento para después darle la espalda y cerrar los ojos. Se encontraba a punto de dormir cuando la voz se hizo escuchar nuevamente.

─¿Y tu mamá sabe que eres un mentiroso?

La pregunta fue como un golpe en el estomago del niño. Sintió la culpa jugando con sus entrañas. Cerró sus ojos con fuerza y pretendió no haber escuchado la pregunta. La odiaba, la risa del monstruo.

─¿Lo sabe? ─más como burla que como pregunta ─¿Sabe cuando no haces tu tarea?

─Cállate ─dijo el niño con voz quebrada.

Risa de monstruo. El niño se hizo un ovillo bajo las sábanas. Lo odiaba, odiaba su voz.

─¿Sabe las palabras que dices cuando estás en la escuela? ─empujó al niño.

Este pretendió nuevamente no sentir nada e intento perderse en otro pensamiento, Pero él le empujaba el hombro de nuevo.

─¿Sabe las cosas que ves con tus amigos? ─pregunto con agresividad, cual si sus propias preguntas lo molestaran.

 ─Vete ─chilló el niño.

─¿Sabe lo que haces cuando estás solo en el baño? ─lo empujaba.

─¡Cállate!

Silencio. Sólo la respiración pesada de monstruo se oía.

─Tu mama no va a quererte.

El niño volteó violentamente y empujó con fuerza a la silueta junto a él. Este cayó de la cama, pero nada se escuchó cuando golpeó el suelo. Sin ruido, sin risa, sin voz.

El niño encendió la lámpara sobre el buró a su lado. Se limpió las lágrimas del rostro y mantuvo sus manos sobre su cara por un tiempo. No miró al suelo, sabía que no habría nada ni nadie.

Y le dolía la garganta.

jueves, marzo 12, 2009

Me siento estúpido.

El amor contradice todo lo que digo saber y me hace pasar el ridículo frente a mis propias ideas.

No sé si es amor, pero si lo es, habrá provado que no soy más que un hablador: que el amor a primera vista existe, que te puedes enamorar de alguien aun sabiendo nada de él, que su voz es la única que quieres escuchar, que los clichés siempre tuvieron razón.
Me asusta, me duele sentir esto.

sábado, febrero 14, 2009

"Dejad que los niños vengan a mí"

El sacerdote ya había hecho sonar la campana. Los niños corrían a sus aulas apresuradamente, con sus cuadernos y lápices en las manos. Cada uno se sentaba en el pupitre asignado y saludaba a aquellos que lo colindaban. Las alegres voces fluían como lluvia.
La puerta se abrió, y las risas se apagaron. La entrada del padre parecía haber apagado toda señal de vida, y todos los ojos se posaban en él. Este caminó hasta el escritorio situado al frente del salón y dejó los libros que cargaba en las manos. Miró a su clase. Sonrió.
─Buenos días, niños ─inspeccionó más de cerca a los infantes frente a él ─veo que Coreta sigue enfermo.
Todas las miradas se posaron en el pupitre vacío, y después volvieron al padre, esperando la orden.
─Garrón ─dijo el hombre con su voz de hierro, en un patético intento de esconder su severidad en simpatía ─, tú puedes entregarle sus deberes después de acabada la escuela, ¿cierto?
─Sí, padre ─respondió una ronca voz desde el fondo del aula.
Nadie decía que no. Aún si el enfermo vivía en una colonia lejana al escogido, la respuesta era siempre un rápido “sí”. Nadie quería ser castigado.
─Muy bien ─continuó el padre ─, retomemos nuestra clase ─caminó hasta el escritorio y tomó un cuaderno lleno de anotaciones cursivas ─. ¡Ah, multiplicaciones! Espero que todos hayan estudiado en sus hogares.
Y la tomó: una vara delgada de madera; flexible, pero irrompible. Siempre la llevaba consigo durante las lecciones. Aún más que a la voz de acero, los niños le temían a la vara.
─Enrique… ─dijo.
¡Pobre Enrique!
─¿Has estudiado anoche? ─preguntó el padre sonriendo.
“No mentirás”. Pero el miedo era un mejor maestro a seguir.
─Sí ─respondió el niño.
─¡Oh, esplendido! Entonces sabrás cuanto es… ¿cinco por dos?
Enrique comenzó a sudar, y cerró los ojos con fuerza. Cuando habló, la duda lo acompañó.
─Di… diez.
─¿Qué cosa? ─preguntó el hombre acercándose al niño.
─Diez ─miedo era lo que lo acompañaba ahora.
─Muy bien, Enrique ─pero no le dio tiempo para creerse seguro ─¿tres por cuatro?
El niño cerró los ojos de nuevo, haciendo memoria en lugar de cálculos.
─Doce ─dijo claramente esta vez.
─¡Muy bien! ─dijo sonriéndole, y se arrodilló hasta que sus cabezas quedaron a la misma altura. Sus ojos se encontraron, y todo se oscureció para el infante ─¿Ocho por siete?
El niño comenzó a temblar. Cerró los ojos nuevamente, pero no lograba recordar la respuesta. Apretó aun más sus parpados: nada. El titilar de sus dientes se hizo presente.
─Se… sesenta… ─dijo en un susurro inaudible.
─¿Cómo? ─preguntó el padre.
De sus infantiles ojos brotaron lágrimas.
─Enrique… ─dijo el hombre suavemente.
El niño abrió sus ojos, que ya no eran mas que brillantes cristales. La pesada mano lo abofeteó. De su garganta salió un gemido lastimero, pero nada más. No podía hacer más que tener la cabeza baja y dejar que las lágrimas resbalaran por sus mejillas.
─¿Seis por siete, Enrique?
Pero él no respondió; sólo lloraba en silencio. El hombre lo abofeteó de nuevo y lo tomó del mentón para que sus caras se alinearan nuevamente. Todos los demás no hacían nada, no podían. Sólo miraban.
─Has dicho que estudiaste, ¿no, Enrique? ─dijo el padre en tono jovial ─Dime entonces, ¿cuánto es seis por siete?
El niño abrió la boca, pero sólo para soltar un suspiro desesperado y exhalar más aire. Y la paciencia del hombre se acabó. El pequeño se llevo una mano a la cara para limpiar sus húmedas mejillas. Pero la vara, tan veloz como un silencioso rayo, se la aporreó. El niño soltó un chillido y se llevó la recién golpeada mano a la boca. Las cristalinas lágrimas fluían como lluvia.
─¡Siete por seis, Enrique! ─le aporreó la otra mano ─¡Seis veces siete, Enrique! ─le aporreó el antebrazo con más fuerza ─¡Dijiste… que… habías… estudiado! ─comenzó a golpear sus pequeñas piernas ─¿Mentiste, Enrique? ¡Al Señor no le gustan las mentiras! ─y golpeó sus brazos, golpeó las tambaleantes piernas entre los sollozos del infante ─¡Dime… cuánto… es… seis por siete!
Y, después de su intensa lucha, el niño cayó. Y el hombre no se detuvo. Lo aporreaba con la vara a pesar de los lastimeros intentos de cubrirse por parte del pequeño. Este gemía, y sus sollozos llenaban el aula más de lo que cualquier otro sonido pudiese haberlo hecho. Y el hombre lo golpeaba con fuerza, con su rabia chorreando de su boca.
Oh, Enrique… Su pecado era tener tan sólo ocho años e interesarse más por juegos que por estudios. Su pecado era haberse distraído en clase y dejar que su mente vagara en infantilismos. Su pecado era no tener la fuerza para resistir los golpes que recibía y para que sus piernas lo sostuvieran. Su pecado era ser un niño.
El padre se detuvo cuando ya no se escuchaban más sollozos. El silencio era absoluto, a excepción de su agitada respiración, y sobre el cuerpo que yacía en el suelo se posaban todas las miradas compasivas de los niños. El hombre dejó la vara y se arrodilló junto al caído. Lo volteó para que su cara se dirigiera al cielo, y lo inspeccionó detenidamente.
─No le ha pasado nada ─anunció levantándose, dejando al niño en el suelo.
Todos los ojos se dirigieron al padre, quien se limpiaba el sudor de la frente, para después volver al niño.
─Garrón ─dijo el hombre, apenas recuperando el aliento ─tú puedes ayudarlo a volver a su hogar después de acabada la escuela, ¿cierto?
─Sí, padre.
─Muy bien ─dijo este, y miró al niño en el suelo una vez más para después encarar a la clase de nuevo ─, prosigamos con la lección.

jueves, febrero 05, 2009

Máscaras.

Me gusta creerme fuerte, independiente. 

Le digo a la gente que no me asusta el cambio, y que no me molesta la soledad. Me enorgullezco de afirmar que las miradas no me asfixian y que no siento temor hacia la vida. Y me gusta que me crean, y que me piensen alguien valiente y lleno de futuro, alguien que cambiará el mundo.
Pero estoy aterrado, y no puedo dejar de temblar. Y no me atrevo a exigirle nada al mundo, ni dejo que mi voz se eleve al cielo. Me asusta cambiar y perder más que lo perdido, y no tengo el valor para arriesgarme a vivir.
Pero, sobre todo, tengo miedo de hacer algo al respecto.

jueves, enero 29, 2009

27 de Enero, 2009

1

Se estaba muriendo frente a mis ojos, y no había nada que yo pudiera hacer al respecto.

Había maquinas conectadas a su cuerpo: aparatos que la oprimían cual violadores de su libertad. Dependía de ellos para vivir. De todo cuanto podría haber perdido, era su libre existencia lo que más dolía.

Deseaba, más que nada en el mundo, que ella estuviera viviendo en un hermoso sueño, y que la ignorancia la mantuviera ajena a su realidad. Quería, sobre todo, que ella estuviera viviendo en un mundo que sí la mereciera.

 

2

─¡Haga algo, puta madre!

─¡Señor, voy a pedirle….

─¡¿De qué le sirven todos sus pinches títulos si no puede salvarla?! ¡¿De qué le sirvieron todos sus años de estudio?!

─Por favor, cálmese. Debe saber que estamos haciendo todo lo que podemos.

─¿Y por qué no mejora? ¡Cada día está más pálida! ¡Cada día está más fría!

─Hemos hecho todo lo posible para asegurar que siga viviendo.

─¡¿Y de qué sirve eso si ella no hace mas que morirse más día con día?

─Todo lo que estaba en nuestras manos está hecho. Ahora todo depende de ella, y de cómo su cuerpo reaccione. El ritmo de sus signos vitales ha disminuido, sí, pero aún hay esperanzas de que mejore.

─¿Por qué… por qué no puede despertar? ¿Por qué no puedo oír su voz? ¡¿Por qué merece ella vivir menos que cualquier otro?!

 

3

La primera vez que me sonrió, supe que la amaría por siempre. No sabía nada de ella, y ella nada sabía de mí. Pero vi en sus ojos una salvación, una respuesta a este absurdo mundo. Y su cabello siempre olía a rosas. Y cuando mi piel tocaba la suya, despertaba en mí un éxtasis que los ángeles envidiaban, pero que nadie más notaba.

Éramos ella y yo, la musa y el artista, la creadora y la creación.

4

─Hola ─dijo ahí, bajo el umbral de mi puerta ─. Espero que no te moleste que haya venido.

─¡No! No… para nada ─respondí, atónito ─. ¿Ocurre algo?

─Me dijeron que estabas enfermo, y quise venir a ver si te encontrabas bien, o si necesitabas algo.

Y sonrió.

─No te hubieras molestado, es muy tarde ─escondí mi placer en preocupación.

─Vivo aquí cerca, y… ─miró al suelo, y después posó sus ojos llenos de alma en los míos de nuevo ─quería verte.

Nos miramos sin hacer movimiento alguno, y el viento era la única voz audible, susurrándonos un por siempre. Nos miramos por dos minutos y cuarenta y siete segundos: una vida entera, y que aun así no era suficiente para mí. Me acerqué y toqué sus brazos. Paseé mis dedos por toda su extensión. Toqué sus labios, que llamaban a los míos como la inspiración a un poeta.

La besé, y ella me besó.

Y fuimos uno. Por sólo una milésima parte de nuestras vidas, en un lugar de los miles que encontraríamos a lo largo de ella, fuimos uno.

─Es tarde ─dijo en un susurro, sin apartarse de mis brazos ─debo irme.

─Sí… ─susurré, y la sostuve con más fuerza, tratando de hacer eternos esos últimos segundos.

Pero no tuve éxito. Se alejó de mí sin decir otra palabra, sólo me miraba. Y sonrió.

La atropellaron esa noche. Poco antes de llegar a su destino, se encontraba tirada en el frío asfalto, sangrando. Y sus ojos se habían cerrado.

 

5

Y ahí estaba yo, y ahí estaba ella. Quería ser fuerte y pensar que un milagro la traería de vuelta a mí. Pero cada día que la muerte paseaba a su lado, la realidad se volvía más inminente en mi pensamiento: jamás la vería sonreír de nuevo. Y jamás me miraría como esa noche en que sus ojos se despidieron de mí en palabras invisibles que no pude descifrar. “Debo irme”, me había dicho.

Y lloré.

Dejé que mis lágrimas gritaran todo lo que no había gritado. Tomé su fría mano entre las mías y la apreté  contra mis labios. Ya no había magia., ya no había rosas. La miré, ahí tendida con escasa vida, y la amé como nunca.

Me puse de pie a su lado, y suavemente la besé. Sentí en mis labios la vida escapando de ella.

 

6

Sus ojos se abrieron y se posaron sobre mí. Y no supe que decir. Sollocé mientras la tomaba entre mis brazos con la mayor delicadeza que mi excitación me permitía. La besé, y ella me besó. Estaba ahí, junto a mí, sonriendo.

─No sé… no tengo idea de qué habría hecho sin ti ─le dije sin aliento, tan rápido que hacía de mi voz un sollozo, pero no importaba: todo carecía de significado ahora ─no sabes cuánto soñé  con verte así por sólo un instante, sólo por verte sonreír una vez más…

Tomé un momento para respirar. Había tanto que quería decirle: cómo había extrañado la calidez de su cuerpo y la mirada de su alma, cómo había grabado en mi memoria cada una de sus facciones, y cómo su voz me había salvado de mis propios demonios. Pero las palabras jamás serían suficientes para decir todo lo que debía ser dicho.

─Te amo ─dije, en un torpe intento por resumirlo todo.

Te amo…

 

7

Murió esa tarde, sin llegar nunca a despertar. Su vida se esfumó del mundo, llevándose a la mía de la mano.

El mundo seguirá, y el reloj no detendrá sus manecillas, esperando que mis lágrimas sequen. Pero mi alma habrá de permanecer por siempre en ese sueño lucido, en esa hermosa ilusión. Y aunque ella nunca abrió sus ojos aquella vez, ni me sonrió después de haberla besado… aún cuando ese último ─y único ─”te amo” no fue una realidad, es para mí una parte de mi existencia; la más importante, quizás, y la única que me mantiene vivo.

Y ahí estoy, junto a ella, en la oscura habitación de un frío hospital. Pero ella lo ilumina todo, y su calor me separa de la muerte. Ahí estoy, viviendo un sueño más poderoso que mi misma realidad, sosteniendo la frágil mano que me aferra a la vida, oliendo la esencia de las rosas…

Y ahí está ella, sonriendo.

sábado, enero 24, 2009

el mundo solo existe

Me gusta darme cuenta
que el mundo es silencioso,
y que si te quedas callado,
puedes oír sus voces.

Como las historias que oía de niño,
o los sauces a los que trepaba
y que no lamentaba.
Que no somos mas que figuras en un lienzo,
con nubes y estrellas
para soñar que somos más.

Y que el viento me cuenta secretos
que no puedo escuchar.
Y que siento paz
cuando todo lo demás se ha callado,
y que lo único perceptible 
es la respiración de los arboles 
y la calidez del sol.

Me gusta pensar que soy parte de esto,
y que todo se irá
cuando yo me vaya.
Y que somos eternos:
que cuando muera,
el mundo compartirá mi último suspiro.
Y que,
todo,
ya nada será 
sin que yo sea algo.