jueves, febrero 16, 2012

Tuve la suerte de conocerte.

Hoy, mi mamá llamó para decirme que mi abuelo murió.
......Ya pasaba de los ochenta años, era diabético y tenía el mal de Parkinson. Llevaba tiempo que se le olvidaban las cosas, en que nos asustaba a todos un día cualquiera tras haberse caído. Uno pensaría que era ya un hombre gastado, debilitado, pero la verdad es que ha sido uno de los hombres más fuertes que he conocido. Recuerdo cuando de niño lo visitaba, él siempre me saludaba atrapándome entre sus brazos, me decía que era más fuerte que Superman y que nunca me iba a poder escapar. Siempre que me veía con un nuevo corte de cabello, me decía que no debía haberme dejado, que a la otra le hablara y entre los dos nos los sonábamos. Raras veces fue necesario que mis padres le pidieran que nos llevara o recogiera de la escuela a mí y a mis hermanas, pero siempre que lo hacía nos ponía algún billete en la mano antes de que bajáramos del auto, “para que te compres una soda o unas papitas”, nos decía.
......Le encantaba leer. La pregunta obligatoria al verlo era siempre “¿Y qué estás leyendo?”, y yo me sentía orgulloso de poder responderle siquiera con esas novelas que a él no le habrían interesado. Me contaba que su papá siempre le dijo que era importante nunca dejar de leer, aun si tenía que ser anuncios en el periódico. Cada vez que estábamos en su casa y el tema salía al aire, me decía que viera los libros que tenía en su librero, que agarrara el que más me gustara y, cuando lo terminara, volviera por otro. Por supuesto, nunca tomé ninguna de sus novelas políticas o ensayos sobre la vida; a mí no me interesaban sus libros. Un día me anunció que iba a regalarme un libro que me ayudaría mucho, titulado “Hace falta un muchacho”, haciendo referencia a los negocios donde se solicitan asistentes. Como imaginé, el libro estaba lleno de normas para los virtuosos, de la conducta solidaria hacia los demás y hacia uno mismo, básicamente, del buen ser. Cuando me lo dio, escribió en la primera página la fecha y el evento con su letra temblorosa, tan frágil y bien intencionada como él: “Para César Andrés de su abuelo, Enero 17 del 2006”.
......Antes de colgar, mi mamá me dijo que debía hacer una oración por él. No soy muy devoto de la religión, no acostumbro rezar, pero sentí que esta vez era necesario, si no por mis creencias, por el respeto a la suyas. Después de las oraciones preestablecidas, llegó el momento en que siempre me pareció que debe uno dirigirse a Dios con sus propias palabras, pero me di cuenta que no sabía qué decir. ¿Qué podía decirle a Dios acerca del abuelo que siempre me tuvo en su pensamiento, que siempre estuvo ahí con su puntualidad y rectitud para lo que necesitara, que siempre me quiso y se negaba a encontrar defecto alguno en mí? De niño nunca podía escapar de sus brazos, siempre era muy fuerte como para dejarme ir; ahora me doy cuenta que nunca tuve oportunidad de escapar, pero ya dejé de intentar. Así, pensando en todo lo que me dio ─mucho más de lo que algún día alcanzaré a apreciar─ y las historias que ya nunca podré preguntarle, recordando su voz y sus ojos, la fuerza con que hizo posible todo lo que soy desde antes que naciera, solo pude decirle a Dios: gracias.
......Vaya a donde vaya, estás presente, abuelito.

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martes, febrero 14, 2012

La niña amaneció enamorada.

.......La niña está enferma, la pescó el amor. Sufrió una calentura hasta las entrañas y germinó mariposas en la panza. Ya le llora la mamá; el papá está que no puede hablar, la abraza y no la quiere soltar. Ya nadie sabe qué será de ella, nadie se atreve a advertirle sobre los llantos, las tardes que no van a llegar, sobre cuánto puede durar un momento y los olvidos, o las esperas que no verá acabar. La niña no sabe, por eso no le duele ni se queja ─todavía─, “pero ay, cómo va a sufrir” gime la madre con la mano acurrucando el pecho, como si le doliera el recuerdo. Pero la niña le dice: es que lo quiero tanto, y no sé por qué, pero siempre pienso en él, y no sé por qué, pero todo lo demás no importa ya; ya lo encontré (dice ya como delirando, la pobre niña): estaba en las canciones que antes no decían nada, en cada palabra que escapa de mi garganta.
.......─Desde que lo conozco, la vida ya no se me ha hecho larga.

.......Ya aprenderá ella lo que es un corazón roto que se atora cuando uno habla, lo que es querer estar muerto, o sentirte muerto, o sentir que la muerte nada más no llega. La niña no sabe cuán feliz puede llegar a ser, cuánto va a vivir antes de ya no querer sentir; no sabe que, al final, no se va a arrepentir. Pero eso le queda aún muy lejos; hoy ha amanecido enamorada, y no hay cómo curarla.

sábado, diciembre 24, 2011

Jo, jo, jo.

Los niños están arropados y los regalos los están esperando; papá se ha comido las galletas y duerme sabiendo que en unas horas lo despertarán gritos de alegría. Jo, jo, jo… feliz navidad. Las ratas chillan y los autos rechinan, un pavo se cocina, hay estómagos vacíos. Un hombre brinda por su triunfo, otro mendiga sus problemas; que se prenda una fogata ─en cualquier calle, en cualquier chimenea─ y se recuerde lo que se quiere. La nieve cubre las calles y sus imperfecciones, y la gente camina sin querer verse las caras (porque ya tienen a quien necesitan) para que haga más frío, para sentir que sirve más abrigarse y abrazarse. Jo, jo, jo… feliz navidad. Una madre le da un beso en la frente a su hija, el único regalo que puede darle, y miles de niños yacen inertes de muerte. El mundo se está acabando, se lee en boca de todos, y la gente mata y la gente duda. Hay putas bailando bajo el muérdago en burdeles, hombres sonriendo ante sus piernas abiertas y sus familias que los esperan. Y al final del día, al final de la noche, con otro año sobre los hombros y papeles rotos sobre el piso de la sala, hay quienes duermen y quienes pretenden. Buenas noches para los niños, que esperarán el sonido de cascabeles que nunca llegará. Un trineo, un grito largo y silencioso en la oscuridad, una copa de champán. Jo, jo, jo… feliz navidad.

lunes, diciembre 05, 2011

Se nos muere la Cleotilde.

Pasó la flaca temprano para avisarnos: se nos muere la Cleotilde. Ay, qué triste, pero mira que ya nos había
durado, la condenada, y mi madre no dice nada. Ya se han reunido todos en la sala de su casa, y uno a uno
los invita a verla. Allá anda llorando Nena, que hace años ni pensaba en la Cleotilde, y sale del cuarto
Ángel, pálido, así como debe estar la anciana en su cama. Ha vivido tanto que puedes contar los años en las
arrugas de su rostro, y tiene más historias en los labios que brillo en sus ojos ─cuando ya has visto todo,
empiezas a ya no ver nada, nos decía como dormida─. Ya se había quedado sola, la pobre, y no se
acordaba de muchas cosas; quizás ahora se pregunta quiénes somos esta bola de personas, y por qué todo le
duele. Ya me toca verla (llenarme de angustia), y apenas entro al cuarto, ¡ay, Cleotilde, qué lejos estás ahí
en tu cama! Vieja, nunca supe mirarte a los ojos como la vida detrás de ellos lo merecía, y hoy que te he
querido tanto los mantienes cerrados. Nunca te conocí, Cleotilde, y ya nadie podrá hacerlo nunca. Parece
que nadie recordó que tal vez tú no nos habías olvidado, y ahora estás temblando, como suspirando un
abrazo con tus manos. Ya vete: con tus fotografías, con tus discos y tus vestidos, con tu sonrisa cansada y
tus párpados pesados. Ya vete, Cleotilde, y solo déjanos el recuerdo. Así sin palabras me voy, y así se
queda la anciana para que alguien más pase y la vea esperando ya estar muerta. Vieja, supe que te quise
hasta que te fuiste.

viernes, noviembre 04, 2011

Pero no te olvido.

Entiéndeme, Susana, cuando no recuerde tu nombre en la mañana. Querrás reírte (pero no lo harás, porque estarás muy enojada) cuando me veas esforzarme por culparlo casi todo: tus manos que me tocan como otras me han tocado, estas drogas con las que pretendemos acercarnos, la resaca de otra noche de parranda, la memoria de mi madre y la ausencia de mi padre; por supuesto, tú no podrás creerme nada, porque me conoces mejor de lo que me he conocido y nada de esto importa. No, Susana, mañana no sabré cómo te llamas, ni lo sabré tras otro beso u otra lágrima sobre tu almohada.
Los nombres nunca fueron importantes,
te diré al oído, con la voz sobre la piel, y ya nada. Discúlpame por la mirada estrellada contra la sábana, o mis manos temblando, como tanteando en la oscuridad por alcanzarte. Así nos fuimos convirtiendo en frecuencias inauditas, colosos de tiempo cuyos nombres nunca importaron (ya te lo dije). Así que olvídalo, Susana, desde esta noche, desde este instante y este rincón de tu recámara, que si me quieres casi tanto como te quiero ─y sé que sí, porque no nos hemos dado por vencidos─, me dirás que está bien, me sonreirás; atrofiaste mi memoria, pero no cada recuerdo que nos cambió.

domingo, octubre 02, 2011

"La fama te quita todo, nunca seas famoso"

Dile a mamá que sí la extraño. Que no venga, dile, porque no encontrará a quien despidió, y cuando no me reconozca y deba decirle “soy yo, tu hijo”… ah, no tendré el corazón. Dile que todavía la quiero, mucho, que siempre la voy a querer. Dile que luché por no perderme, que hubo curvas repentinas, subidas y bajadas que disfrazaron mi horizonte, y que al final ya estaba muy desorientado para continuar ─mucho más para regresar─. No le mientas, pero dile verdades incompletas: que estoy vivo, que aún recuerdo cada beso que me dio; no le menciones mis ojeras, ella no querrá saberlas. Dile que dije estas palabras y que no murieron en el sarcófago de papel que construí para mis recuerdos. Hermana, dile a mamá que tenía razón y cuánto lo lamento, que no desee olvidarme aún si pudiera hacerlo, que si un día soñé con ser grande, lo soñé por ella. Y si sirve de consuelo, dile que soy feliz como antes intenté y fallé serlo; que si logré llegar a donde he llegado, ver lo que he visto y sentir lo que he sentido, todo ha sido gracias a ella.

lunes, agosto 08, 2011

Lo que somos.

Somos la estirpe olvidada de una civilización que nadie extraña; somos el aullido solitario de un lobo estepario. Somos la alabanza de un dios desterrado de toda lengua y la nación escondida bajo la negligencia de su propia gente. Somos el grito de una madre dando a luz y el chillido de su cría cuando al fin respira. Somos la plaza en ruinas de una ciudad abandonada; somos las sombras impregnadas en la tierra y piedra por una bomba. Somos el segundo antes de despertar de un sueño, la canción de cuna tras un aborto. Somos la necesidad de amar y la necedad por nunca hacerlo; somos el retrato de un artista muerto sin ningún reconocimiento. Somos la primera bala que se dispara en cada guerra y la última gota de sangre derramada por vencerla. Somos el himno silencioso de cada patria demacrada; somos la nostalgia de volver a casa. Somos un átomo en el universo, una estrella que se extingue, su luz que no termina de viajar. Somos una despedida sin lágrimas y la memoria que se va lejos y se apaga. Somos este abrazo débil y el silencio que lo rodea; somos los minutos que nunca se volvieron horas. Somos estas letras y el espacio entre ellas: somos la voz inaudible de la ciudad que nos vio crecer y los muros que nos contuvieron.
Somos un recuerdo.